Capítulo I

De cómo Estefanía le confiesa a su amiga Clara que, después de leer Beatriz y los cuerpos celestes, ha descubierto que hay un mundo lleno de pobres fuera de La Moraleja.

Sara se mordió el labio inferior, conteniendo el impulso que impregnaba de feminidad y lascivia su ropa interior. Frente a ella, ajena a los sentimientos que provocaba en su íntima amiga, Estefanía se disponía a cambiarse de ropa después de pasar la tarde en la piscina de la urbanización.

—No se lo digas a nadie —confesó Estefanía mientras rebuscaba en su armario—, pero voy a escribir una novela.

—¿Y eso? —preguntó Sara perpleja.

—Me ha inspirado un libro que he leído. Se titula Beatriz y los cuerpos celestes.

—Ni idea —respondió Sara—. ¿Han sacado película?

—No… no sé —reconoció la amiga poniendo los brazos en jarras mientras sus jóvenes pechos desafiaban a la ley de la gravedad, desconcertada por la pregunta—. Pero ese libro me ha hecho ver la luz. Me ha mostrado que hay otro mundo ahí fuera. Un mundo distinto, en plan pobre, pero como más real.

—¿Un mundo fuera de dónde?

—Joder, tía —increpó molesta—. Fuera de La Moraleja, que pareces tonta.

—Seré tonta, pero si no han hecho película de ese libro, es que no es tan bueno.

—¿Que no es bueno? ¡Ganó el premio Nadal! —exclamó con orgullo de lectora de libros premiados.

—¿Y qué sabrá Nadal de literatura si es tenista?

—Pues no sé, tía, pero está muy bueno y tiene unos brazos...

—Ya, pero mira qué cara tiene. ¡Si parece un mono!

—No seas cínica. Lo dices porque es de Mallorca, que es como ser catalán pero de extrarradio, y a ti no te gustan nada los catalanes.

—Como si a ti no te dieran asco...

—¿De qué vas, tía? Yo no los discrimino porque, aunque sean distintos, los respeto tal y como son. De lejos, claro, y a mi manera, pero mi corazón no tiene fronteras.

—Lo que no tiene fronteras es tu coño, puta —replicó Sara, ofendida por ese arrebato de tolerancia inesperado en su amiga.

Estefanía ya había terminado de cambiarse. Su bikini, aún húmedo, estaba tirado sobre la moqueta de la habitación y ahora ella lucía un traje blanco, vaporoso hasta el punto de dejar entrever su ropa interior. Sara no se había cambiado y, tras lo que acababa de presenciar, su ropa albergaba distintos tipos de humedades. A duras penas podía soportar el cosquilleo que atenazaba sus vísceras cada vez que se enfrentaba ante la desnudez de su amiga, y no se sentía preparada para mostrar su propio cuerpo con la misma naturalidad de la que Estefanía hacía gala. Eran amigas desde hacía años, habían compartido miles de secretos, pero Sara aún guardaba para sí, como si fueran sus más valiosos tesoros, tanto la belleza de los recovecos de su cuerpo como sus sentimientos.

—¿Y quién ha escrito el libro ese? —preguntó Sara, intentando abstraerse de sus pensamientos.

—Lucía Etxebarría, o algo así.

—Me suena... ¿Sale en la tele?

—Sí, salió en lo de Campamento de verano, que se puso como loca con no sé qué de unas bragas, pero en plan intelectual y todo eso. Desde entonces soy fan. Bueno, solo he leído un libro suyo, pero es que ni siquiera tenía dibujos.

—Tía, me preocupas. Eso de Etxebarría suena como a vasco.

—Pues igual es vasca. Desde luego, la tía está oronda.

—Ya lo que te faltaba, Estefanía. Leyendo un libro de una vasca premiado por un catalán. Te estás convirtiendo en una antisistema.

—Sabes que soy una rebelde —argumentó mientras se probaba distintas sandalias—. Todavía no soy antisistema porque eso del capitalismo me mola, sobre todo desde que papá me dio una Visa y ya no tengo que pedirle que me compre las cosas. Pero no sé: eso de que haya pobres no es guay. Aunque no los veamos, sabemos que están por ahí. Otro mundo es posible, ¿no? ¿Por qué no podemos ser todos ricos?

—Tía, si la asistenta fuera rica no creo que quisiera limpiar tu baño. Y menos cuando tienes diarrea, que llevas unos días muy suelta, perdona que te diga.

—No sé, es que esa parte no la he pensado mucho. Lo de los ricos y tal, digo. O sea, tampoco es mi problema, ¿no? Pero desde que he leído ese libro siento algo dentro de mí. Como que quiero hacer cosas; o sea, cambiar mi mundo… ¡ser yo misma!

—Ya eres tú misma. O sea, tú eres tú y yo soy yo —contestó Sara con admirable simplicidad—. ¿Quién vas a ser si no?

—No soy yo misma. Soy lo que papá quiere que sea. Me visto como él quiere, me peino como me dicen, salgo cuando me lo permiten por los sitios que me dejan... ¡Lo más transgresor que he hecho últimamente ha sido comprarme un disco de Lady Gaga!

—Es que la Gaga es un poco así como… como satánica. Con lo bonitas que son las canciones de Enrique Iglesias o Álex Ubago... Además, también te tiraste a Borja. ¡Ahí transgrediste mazo, tía!

—Pero eso no cuenta. Me tiré a Borja porque es el niño que papá eligió para mí. Para casarnos, no para follar en el Mini. Si se entera de que me lo tiré me mata, claro. O peor todavía: me quita la Visa. Pero eso me da igual. Además, fue un polvo lamentable, tuve que interrumpirle para explicarle la diferencia entre el agujero de mear y el de follar... Pero es que ni siquiera me gusta Borja. O sea, es mono y tal, pero no es lo que yo quiero. Es lo que papá quiere. Quiero... necesito cambiar para encontrarme a mí misma. ¡Como la protagonista de la novela!

—Tía, es que cuando te pones tan profunda me asustas. ¿Y todo esto por un libro que ni siquiera tiene película? Porque si me dices que Titanic cambió tu vida, lo entiendo, pero por un libro...

—Es que es muy... distinto. Son gente que nunca hemos conocido, experiencias que nadie espera que vivamos… Por ejemplo, la protagonista es lesbiana. Salen mazo de lesbianas. ¿Tú sabes lo que es eso?

—Hmmmm —reflexionó Sara, intentando ganar tiempo ante el temor de verse delatada—. Tías que se lo hacen con tías, ¿no?

—¡Pues eso! Y drogas, y gente pobre que sufre porque no tiene dinero y se tiene que buscar la vida como puede. No como nosotras. O sea, yo ahora estoy con la Visa de papá, y si me caso con Borja, pasaré a tener la suya. ¿Pero qué vida es esa? Tía, somos esclavas del dinero. No tenemos identidad, ni sueños, ni metas en la vida. Nunca hemos tenido que buscar nuestra propia felicidad.

—Mira, yo no entiendo nada de esto, pero creo que somos afortunadas. ¿Para qué quiero encontrar la felicidad si ya la tengo?

—Pero yo no quiero eso. No soy feliz así. No quiero ser ama de casa y estar todo el día vigilando que el servicio no me robe la cubertería de plata… y tampoco quiero casarme con Borja. Lo que quiero es vivir las cosas que salían en ese libro. Quiero mezclarme con la gente pobre, quiero montármelo con una tía, quiero drogarme...

—Ya te drogas –adujo Sara mientras se esforzaba en apartar de su pensamiento la parte lésbica de la lista de aspiraciones de Estefanía.

—Sí, pero con cocaína. Yo quiero drogarme con setas y porros, como los pobres. Y luego escribiré una gran novela, así como en plan social, con las cosas que le pasan a esa gente, viviéndolas yo también como una de ellos. ¡Yo seré la protagonista de mi propia historia!

—Pero tía, tú de escribir... Si ya he flipado cuando me has dicho que has leído un libro.

—Escribir es lo de menos, hoy en día lo hace cualquiera —replicó Estefanía con un tono cercano al desdén—. Lo importante es la historia. Luego ya si eso contrato a alguien para que me lo escriba en plan literario, como Ana Rosa Quintana o Belén Esteban. Pero antes tengo que vivir esa historia en mi propia piel. Escribir ese libro será la manera de descubrir quién soy realmente.

—Pero no lo entiendo. ¿Para qué quieres escribir un libro? Si quieres hacer esas cosas, hazlas y ya.

—No me entiendes. Quiero escribir ese libro porque necesito que quede escrito, que mi cambio vital quede inmortalizado para la posteridad, que sirva de inspiración para todas las demás niñas de la urbanización.

—Qué fuerte, tía. ¿Y cómo vas a hacerlo? Nunca nos relacionamos con gente pobre...

—¿Te acuerdas de Chema?

—¿El vigilante de la piscina?

—Sí. Es pobre, tía. Y además fuma porros.

—¡Qué fuerte! ¿Te lo vas a follar?

—No, mejor todavía: esta noche me va a llevar a una fiesta con sus amigos.

—¿Amigos pobres?

—¡Amigos marginales! Hay artistas bohemios, yonkis, putas, maricones... ¡Y es en una casa okupa! —añadió Estefanía con un entusiasmo nada fingido—. Algo me dice que esto es el principio de algo grande, que mi vida va a cambiar para siempre.