Capítulo II

De cómo Chema le explica a María su plan para llevar una vida honrada.


El calor era asfixiante en el minúsculo estudio abuhardillado de Lavapiés. Apenas entraba aire por el ventanuco. Los jóvenes amantes permanecían abrazados, unidos por el sudor, respirando fatigosamente tras una breve sesión de sexo, más por insistencia de él que por deseo o interés de ella.

—Deberíamos comprar un ventilador en una de esas tiendas de segunda mano —dijo Chema interrumpiendo el silencio.

—Sí, claro... con tu sueldo, ¿no? —respondió María con evidente sarcasmo.

—¿Ya estamos otra vez? Ahora tengo trabajo en la piscina esa de La Moraleja.

—Chema, es una mierda de trabajo. Sin tus trapicheos ni siquiera podríamos pagar el alquiler.

—¿Y qué más quieres que haga? Hice el curso de socorrista como tú me dijiste y me mato a trabajar todos los días.

—Ya, claro. Que tendrás que trabajar mucho en una piscina de pijos. ¿Hoy se ahogó alguien?

—Joder, tía. Podrías ser un poco más cariñosa al menos después de follar, ¿no? —reprochó él—. A veces me pregunto por qué estás conmigo.

Se produjo un nuevo silencio, incómodo esta vez. María se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda a su compañero. Chema apenas se movió más que para reacomodar el brazo, satisfecho por haber zanjado la discusión. En ningún momento se paró a pensar que, si en esa como en anteriores ocasiones ella no respondía a su desafío, era porque simple y llanamente hacía tiempo que María no encontraba ninguna razón para seguir con él.

—Hazme un porrito, ¿no? —pidió Chema.

—Háztelo tú —replicó ella al tiempo que se levantaba—. Sabes que yo no puedo fumar. Voy a ducharme.

Chema no le quitó la vista de encima mientras ella hacía el corto recorrido hacia el baño. Le fascinaba la figura desnuda de la chica de la que se había enamorado tres años antes en la Fiesta del PCE: menuda, con su escaso metro sesenta de altura, pero estilizada incluso en su estado.

Cierto es que las cosas ya no eran como antes. Después de aquella fiesta en la que sus miradas se cruzaron por primera vez habían ido directamente a casa de María y sin decir nada, sin poder contener por más tiempo la tensión sexual acumulada durante el viaje en Metro desde San Fernando de Henares, hicieron el amor dos veces intensamente con una complicidad extraña para dos personas que acaban de conocerse entre minis de cerveza y mojitos. Esa noche María le invitó a pernoctar en la misma cama. Él aceptó. Pasaron juntos el día siguiente, y Chema volvió a quedarse a dormir. Creyendo que ella estaba dormida, abrazados, esa segunda noche le susurró al oído «me molas mucho». Ella lo escuchó perfectamente, pero siguió fingiendo que dormía. La mañana del lunes, Chema la acompañó hasta el edificio de oficinas en el que ella trabajaba, observándola entrar sin perder la sonrisa. «Salgo a las siete», gritó María en el último momento, justo antes de franquear la puerta, sin muchas esperanzas de volver a verle. Pero cuando salió, un poco más tarde de la hora anunciada, se lo encontró exactamente en el mismo sitio, en la misma postura, con la misma cara plena de felicidad. En la mano llevaba un manojo verde del que brotaba una flor. «Para ti, la flor más hermosa. Hermosa como tú... O sea, que tú eres más bella... ¡Qué guapa eres, coño!» dijo torpemente cuando ella llegó a su altura y se abrazaron. María cogió la planta con cariño, comprobando que Chema acababa de arrancarla de algún parque dado que aún conservaba la raiz con restos de tierra. Era la primera vez que un hombre la regalaba flores. Fueron a casa andando, hablando de ellos mismos, jugando a contar lo peor de cada uno a ver quién se asustaba primero. Pero no se asustaron, seguramente porque Chema no fue del todo honesto en sus confesiones. «¿Quieres quedarte a cenar?», le preguntó ella al llegar a casa, mientras trasplantaba la flor en una maceta que tenía en el balcón. «Me gustaría», respondió él acercándose a María por detrás para abrazarla y darle un beso en la nuca. No hizo falta preguntarle si quería quedarse a dormir. «Creo que te quiero», le dijo esta vez al oído mientras ella se hacía la dormida. El guion se repitió los cuatro días siguientes. El sábado por la mañana, con cinco flores en el balcón, María le preguntó: «Oye, ¿tú no tienes casa?». Chema, con gesto compungido, le respondió que si ella quería que se fuera se iría sin más. A María le dio un vuelco el corazón y tuvo que explicarle rápidamente que era una broma, que estaba encantada de tenerle allí, de estar juntos. Fue entonces cuando Chema le confesó que, efectivamente, no tenía casa. Había llegado desde Ciudad Real el día antes de que se conocieran y tenía sus cosas en casa de un amigo, donde solo había dormido una noche. «Tráelas aquí», le dijo María dejándose llevar por el corazón mientras le agarraba fuerte la mano. «¿Seguro?», quiso confirmar él, sorprendido. Dos horas más tarde ya se había instalado: su maleta y su petate estaban tirados en la entrada; ellos, en la cama, hacían el amor. Esa noche Chema le susurró «te quiero». A diferencia de las noches anteriores, esta vez ella confirmó haberlo escuchado. «Y yo a ti», le dijo. «Pero no robes más flores del parque que no tengo más macetas».

De las cinco flores que le había regalado durante esa semana de cortejo ya solo quedaba una.

La primera murió cuando el médico de la Seguridad Social confirmó que María era estéril y que por eso no había conseguido el regalo que pidió al cumplir el primer aniversario de pareja: quedarse embarazada. «Míralo por el lado bueno: no vamos a necesitar nunca condones», le dijo Chema antes de que rompieran a llorar, fundidos en un abrazo, en el vestíbulo del centro de salud.

La segunda murió cuando la llamaron desde la comisaría para decirle que habían detenido a Chema por un asunto de drogas. Hasta ese momento ella nunca se había preocupado por saber cómo se pagaba él sus cosas.

La tercera murió cuando María recibió la carta con la notificación de que estaba incluida en el ERE de la empresa, dos días antes de que la llamaran desde la clínica privada para felicitarla. El tratamiento de fertilidad que había contratado con financiación a cinco años había dado resultado y estaba embarazada.

La cuarta murió cuando se mudaron del piso en Chamartín, cuyo alquiler ya no podían pagar, al estudio en el ruinoso edificio de una callejuela de Lavapiés.

La quinta todavía vivía. Estaba encima de una mesilla, en una esquina donde le daba la luz. Chema nunca lo supo, pero María había decidido que, cuando esa planta muriera, ella tendría el valor de decirle que lo dejaba. Mientras tanto, seguiría cuidándola lo mejor que pudiera para evitar que eso llegara a pasar, aunque no dejaba de pensar que ninguna flor vive para siempre.

«A veces me pregunto por qué estás conmigo», le había dicho Chema antes de que ella diera la callada por respuesta y se fuera a la ducha. El agua tibia se deslizaba por su piel, surcando las estrías que empezaban a aparecer en su vientre hasta llegar a sus piernas ligeramente hinchadas. Tal vez, si no albergara seis meses de vida en su interior, le hubiera respondido. Pero no dijo nada y Chema, ajeno a sus pensamientos, acababa de entrar desnudo en el baño para meterse bajo el agua con ella.

—¿Qué haces? —preguntó ella molesta.

—Ducharme contigo. Así ahorramos agua, ¿no?. Además, dentro de un rato tenemos que ir al Centro Social.

—¿Otra vez con tu pandilla de marginados?

—Como si nosotros fuéramos superiores por pagar el alquiler a duras penas —refunfuñó Chema.

—¿Qué? —interpeló María, fingiendo no haberlo escuchado.

—Tengo un plan para salir de esto. Para que estemos bien.

—Siempre tienes un plan, y mira cómo estamos.

—No, cariño, esta vez es definitivo. Lo he pensado mucho y...

—Lo piensas mucho pero nunca me cuentas nada, me entero siempre cuando es demasiado tarde. Cuando te han detenido, cuando te han pegado una paliza, cuando lo has perdido todo... ¿Por qué nunca me cuentas nada si luego tengo que pagar yo las consecuencias?

—¡Estoy cambiando! Y lo sabes, María, lo sabes. Estoy haciendo cursillos, estoy aceptando cualquier trabajo de mierda mal pagado. Y lo estoy haciendo por ti. Por ti y por el bebé. Te lo contaré todo esta noche.

—¿Y por qué no ahora?

Chema respiró hondo antes de responder.

—Voy a montar un bar.

—¿Estás loco? —increpó María antes de cerrar el grifo—. ¿De dónde vas a sacar el dinero?

—Hoy en la piscina he conocido a una pija. Está loca del coño, dice no sé qué de escribir una novela de marginales.

—¿Te vas a meter ahora a gigoló?

—No, escucha: hoy viene al Centro Social. Va a flipar con la gente que hay allí. Quiere que la ayude a documentarse, a descubrir este mundo para descubrirse a sí misma... Tiene un cacao mental de la hostia. Voy a ganarme su confianza y luego... yo... —Titubeó un instante, consciente de que le tocaba contar la parte que sabía que a ella no le gustaría nada—. Bueno, ella es rica, seguro que en casa de sus padres hay un montón de pasta, joyas... un pequeño robo, consigo el dinero suficiente para montar el bar y tendremos la vida solucionada.

—¡Ni de coña! ¡Que vas a ser padre! ¿Me estás contando que vas a robar a unos ricos y pretendes que me quede esperando en casa como si salieras a comprar el pan?

—Pero si a ellos les da igual. ¿No ves que lo tienen todo asegurado? Además, son tan ricos que ni lo notarían.

—Me da igual esa gente. Lo que preocupa es que te pase algo a ti. ¿Y si acabas en la cárcel?

—No pasará nada, voy a tener mucho cuidado. Es solo la última cosa mala que hago, María, cariño, te lo prometo. Voy a conseguir ese dinero y montaré un bar para que podamos vivir honradamente, sin chanchullos, trapicheos ni rollos. Tú estarás en casa con el bebé y yo llevaré el negocio. Lo tengo todo pensado: Adela cocinará, Eva será la camarera y Kalule hará de relaciones públicas. Un único golpe y nos beneficiaremos todos.

—Es que solo tiene que ser bueno para nosotros. ¿No te has enterado? Está bien que quieras salvar el mundo, pero tienes que empezar por tu familia, cojones.

—Y lo será, cariño, será bueno para nosotros. Confía en mí. Esta vez saldrá bien.