Capítulo III

De cómo Carlota y Félix planean ir al Centro Social a propuesta de Chema.


El estudio de Carlota era un semisótano oscuro con una humedad permanente que en invierno se hacía insoportable y en verano se percibía por el olfato a través de las grietas del yeso. Se trataba de un único espacio diáfano, en el que las figuras modeladas en barro ocupaban casi toda la estancia, reservando un pequeño hueco por donde entraba la luz del sol para el secado de las más recientes. Al fondo, la cama y un destartalado armario; junto a la puerta, un fregadero, una pequeña cocina de gas y una ruidosa nevera; en una esquina, una cortinilla ocultaba el servicio.

Carlota moldeaba con sus manos una pequeña obra de apenas unos veinte centímetros de ancho mientras Félix la observaba, sentado en una silla de plástico, robada hace años de la terraza de un bar, que previamente el hombre había cubierto con un periódico para no mancharse la ropa.

—Tía, me encanta verte hacer cosas con el barro. Me dan ganas de ponerme detrás tuyo en plan Ghost —bromeó Félix.

—Ya, seguro que te pone más que sea otro el que se ponga detrás tuyo —replicó ella sin apartar la mirada de la figura que formaba entre sus manos, sin disimular su cansancio ante las gracias de su amigo.

—Ay, calla —continuó él ajeno a la indiferencia de Carlota—, que últimamente no me como un colín.

—A lo mejor, si en lugar de estar aquí dándome por saco salieras a la calle...

—Yo sé que lo dices desde el cariño —adujo él ignorando el comentario.

Carlota seguía dándole forma a su figura y Félix empezaba a aburrirse soberanamente. Así transcurrían muchas tardes para ellos, sobre todo cuando Félix no conseguía engatusar a algún veinteañero en un vano intento de recuperar su propia juventud perdida.

—¿Y por qué no te vienes a vivir a mi piso? —preguntó él.

—Porque es tu piso, y esto es… mi casa.

—Esto no es una casa, Carlota, esto es un bajo húmedo y deprimente.

—Tan deprimente no será, cuando te pasas el día aquí.

—Vengo por la compañía, no por el sitio.

—Qué curioso... es lo mismo que dijiste cuando te metiste en el seminario.

—En serio, deberías volver a mi piso.

—Cariño, estamos divorciados, esa ya no es mi casa.

—¿Y qué? Tampoco tendría esa casa si no me hubiera casado contigo.

—Ni yo tendría esta, así que estamos empatados.

—Carlota, me preocupas.

—Y tú me exasperas, cariño. Por lo menos podrías hacer un poco de té. Digo yo…

Carlota abandonó la conversación fingiendo concentración en la elaboración de la figura. Félix, obediente, respetó el nuevo silencio y se levantó a calentar el agua.

Mientras esperaba que el agua rompiera a hervir, de pie, inmóvil, miró a su compañera. Carlota, de espaldas a él, con las manos llenas de barro, afinaba con una navaja sucia y oxidada lo que desde el principio él había intuido como la forma de una vagina. Volvió la vista al cazo y se quedó absorto mirando el agua y las burbujas que se movían lentamente en torno al acero caliente, cuando el sonido del fuego activó un resorte en su memoria. En su cabeza resonó lejano el eco de un recuerdo que no terminaba de identificar, pero que le llevó a pensar en la curiosa pareja que hacían Carlota y él, inverosímil a ojos de todos excepto los de su madre, que era lo que importaba. Fue por ella, por su moribunda madre, que a sus cincuenta años Félix se casó con una lesbiana, activista de todos los movimientos sociales posibles, diez años menor que él. No quería que su madre muriera convencida de que su hijo era un mariquita. Y él no lo era. Él era un homosexual reprimido que buscaba sexo ocasional con chaperos, incapaz de visibilizarse como gay incluso ante sus propios amantes de alquiler, a los que tan torpe como innecesariamente intentaba convencer de que solo estaba experimentando. Pero no era un mariquita. Nunca le gustó esa palabra, mascada tantas veces por su madre con esa mezcla de burla y asco, como retándole, como si le pusiera a prueba, forzándole a negarse a sí mismo y a todo el que pudiera entrar en esa categoría.

Realmente nunca estuvieron casados. Celebraron su matrimonio en la iglesia de la calle Atocha, tal y como esperaba su madre, con la novia vestida de blanco y el novio de frac negro, pero jamás lo oficializaron en el juzgado. Su matrimonio era solo de cara a la galería y no necesitaban un compromiso legal para algo que solo debía durar unos meses. Concretamente, los cinco meses que pasaron hasta que murió su madre. Después del funeral, simplemente dejaron de fingir.

En la lectura del testamento hubo dos cosas que sorprendieron a todos: que la fortuna a repartir entre todos los hermanos, sin dejar de ser considerable, no era tanta como habían esperado, y que Carlota estuviera incluida en el testamento, recibiendo en herencia las escrituras del semisótano que acabaría convirtiéndose en su estudio y hogar, y una breve nota en sobre cerrado cuyo contenido nunca reveló a nadie.

El momento de la despedida, conseguido el objetivo de engañar a la anciana, debería haber sido uno de los más felices para Félix. A fin de cuentas, en el reparto se había quedado con tres pequeños pisos. Él se quedó a vivir en el de Chamberí, en el que había compartido los últimos meses con Carlota, para mantenerse con las rentas de los otros dos, que estaban en Lavapiés. Su madre había dejado de oprimirle y condicionar su existencia y cada una de sus decisiones. Se abría un tiempo nuevo en el que ya podría vivir su sexualidad libremente sin esconderse de nadie, ni siquiera de sus hermanos que siempre le repudiaron, y se terminaba la farsa que había organizado con Carlota, quien por otra parte se daba bien por pagada con su estudio recién heredado. Sin embargo, en esos meses, había aprendido a querer a esa arisca lesbiana entrada en carnes que fingía ser su mujer por quinientos euros al mes.

—¡Que ya está hirviendo, maricón!

Félix salió de sus pensamientos ante el grito de Carlota. Con un paño arregló el desaguisado y luego preparó el té en dos tazas. A continuación se acercó a Carlota para ofrecerle la suya.

—¿En qué pensabas? —quiso saber Carlota.

—¿Qué?

—Antes, cuando estabas mirando embobado el fuego.

—Pues… no te lo vas a creer, pero pensaba que tal vez hubiéramos podido ser felices tú y yo, que nunca llegamos a intentarlo. Que nos centramos en nuestra farsa pero nunca en nosotros.

—¿Cómo? —preguntó Carlota antes de estallar en risas—. Cariño, tu eres demasiado mariquita y yo demasiado mujer.

—Oye, que tú eres lesbiana —replicó Félix, herido en su hombría.

—Pues eso: que a mí me gustan las mujeres y a ti no. ¡No tenemos nada en común!

Félix refunfuñó. En realidad era ese descaro lo que más le atraía de ella. Su naturalidad desenfadada, el contrapunto que suponía con respecto a lo que había sido su vida anterior, era para él como la descarga eléctrica con la que se reanima un corazón que ha dejado de latir.

—Hoy he visto a Chema —comentó Félix, intentando cambiar de tema.

—¿Sí? ¿Cómo está María?

—Pues embarazada, mujer, ¿cómo quieres que esté?

—Me refería a si sigue estando tan harta de la vida.

—Ah, sí… como siempre. Pobrecita.

—No sé cómo puede seguir con Chema. Y ahora además va a tener un hijo suyo.

—Chema tampoco es mal chico.

—Chema es un zoquete. A mí me suda el coño que siempre se esté metiendo en líos, pero que arrastre a los demás no es plan. Además, tú le defiendes porque te gusta y te lo querrías tirar. Te van los niñatos malotes.

—Le defiendo porque además de mi inquilino es mi amigo. Y sí, si pudiera me lo tiraría. El caso es que me ha dicho que tenemos que ir a la fiesta del Centro Social.

—¿Tenemos? ¿Tú y yo?

—Sí, claro. ¿Con quién quieres que vaya?

—No sé por qué piensas que voy a ir, y mucho menos que tenga la obligación de ir.

—Dice que va a ser divertido, que nos quiere presentar a una pija de La Moraleja y que lo único que tenemos que hacer es ser nosotros mismos.

—¿Nosotros mismos? ¡Este trama algo! Seguro que le ha cobrado entrada por un freak show de gente pobre. Menudo es el Chema, ese no da punzada sin hilo.

—No, mujer, dale una oportunidad, si es buena gente.

—¿Buena gente? Por su culpa van a desahuciar a Adela. ¡Paso de ir a su circo de pobres! Lo único que me faltaba sería que una pija me tirara cacahuetes.

—Pues mira que insistió mucho en que vinieras. Dice que es muy guapa, que te iba a gustar mucho.

—¿Y? Seguro que ni siquiera es vegana…

—Nada, que la chica por lo visto ha comentado algo de incursionarse por primera, y posiblemente única vez, en el maravilloso mundo de lesbianismo. Tiene una especie de obsesión con Lucía Etxebarría. Así que cuando Chema le habló de ti y le dijo que eres escultora, la pija se emocionó porque le parece de lo más bohemio.

—¿De verdad crees que voy a cambiar de idea porque una niñata que por lo visto está buena parece tener interés en que yo la desvirgue porque le atrae mi arte?

—Y que también te invito a las copas —añadió Félix a la oferta, sabedor de los puntos débiles de su ex no-mujer.

—Mira… Voy a ir, pero por no discutir contigo —decidió Carlota entre risas—. Además, una pija en el Centro Social... esa va a flipar en colores. ¡Será divertido!

Fue en ese momento, entre risas, cuando Félix recordó nítidamente lo que el sonido del fuego en la cocina de gas había evocado en su memoria. Cuando Carlota le rescató de su propio suicidio y le preparó un té mientras le hacía una promesa: «Todo tiene solución, yo te ayudaré».