Capítulo IV

De cómo el destino unió las vidas atormentadas de Mirta y Carlos.


Mirta no era su nombre real, por supuesto. A ella le gustaba contar que nació el mismo día que se bombardeó Guernika, aunque eso revelara que estaba cerca de cumplir los 80, pero siempre ocultaba que sus padres la bautizaron como Esperanza. Detestaba ese nombre que a lo largo de su vida resultó tan engañoso, manipulador… frustrante. ¿Qué lugar hay para la «esperanza» cuando naces al principio de una guerra? ¿Esperanza de que termine? Pero cuando terminó la guerra, lo que vino fue más hambre. Hambre y unos señores con fusil y uniforme que vinieron una noche y se llevaron a su padre para no volver jamás. Si recuerda su rostro es por una única fotografía en blanco y negro, amarilleada y agrietada por el paso del tiempo, hecha antes de que ella naciera. ¿Qué esperanza le quedaba entonces? Sin escolarizar, trabajando en el campo junto a su madre, ¿qué podía esperar de la vida? ¿Un marido? Pero lo más parecido a un marido fue un vecino del pueblo, quien se hizo con su virginidad a cambio de 50 pesetas. Y mientras el hombre se convulsionaba sobre la niña de quince años, empapándola con el sudor de toda la jornada, sin apenas dejarla espacio para respirar, Esperanza hacía sus propios planes. Al día siguiente, sin despedirse de nadie, cogió el autobús que la llevaría a Madrid sin más equipaje que los 200 reales conseguidos con lo que a partir de entonces sería su profesión. Cuando puso el pie en el suelo de la estación lo hizo como Mirta, dejando atrás toda esperanza.

Pero Carlos, que acababa de entrar en la casa que ambos compartían, no veía a esa niña recién llegada a la ciudad, sino aquello en lo que se había convertido más de sesenta años después: una puta que ocultaba sus canas usando un tinte rojo de mala calidad, con pocos dientes y menos clientes. Claro que él tenía poco que reprochar al respecto, ya que pese a tener treinta años menos que ella parecían de la misma edad, más por abandono de él que por mérito de ella.

El destino tenía preparado para Carlos un brillante futuro como abogado. Eso es para lo que sus padres le habían preparado desde niño, pero nunca pudo ser. Porque Carlos, en su época de instituto, allá por los setenta, se juntó con lo que sus padres acertadamente denominaron malas compañías. Cuando se dieron cuenta, Carlos ya estaba enganchado al caballo. De todas las drogas que probó, y fueron muchas, el caballo siempre fue su favorita. Seguramente fue así como se contagió de hepatitis. En cuanto tuvo ocasión se escapó con lo puesto de la clínica de rehabilitación en la que le ingresaron sus padres. Se refugió en un poblado chabolista de las afueras, al sur de la ciudad, donde se cobró unos favores a cambio de heroína para iniciar su negocio de menudeo con el que apenas subsistía porque consumía más que lo que vendía. Estuvo en la cárcel varias veces pero nunca se rehabilitó de nada hasta que una vez, recién salido de prisión, se fue a la calle Luna para que una profesional le aliviara la calor que guardaba dentro de sus pantalones. Fue entonces cuando conoció a Mirta. La vio fumando, apoyada en la pared de una iglesia, con la mirada distraída. Ella tenía su característico pelo rizado, rojo fuego con raíces expuestas, que hizo suyo allá por los ochenta, y su sonrisa mellada lucía cuatro o cinco dientes más en esos tiempos. De entre todas las putas de la calle Luna, Carlos fue directamente a ella porque se imaginó, sin equivocarse, que sería la más barata.

En ese primer encuentro Mirta incumplió una de sus normas: nunca tener compasión de un cliente. «No me cuentes tus penas, que no hay nada más triste que lo mío», solía atajar cuando un cliente empezaba a contar sus problemas. Pero con Carlos fue distinto, le trató con ternura, como una madre con la salvedad de cumplir su parte del trato, y Carlos quedó tan desconcertado por ese desconocido cariño entre sábanas que volvió a buscarla al día siguiente. Esta vez el precio no era la razón. Ni siquiera el sexo. «Te pagaré lo mismo, pero no quiero follar», le dijo. Y ella, simulando indiferencia, aceptó tomar un café con él. Se sorprendió cuando él se pidió un Cola Cao. «Es que el café me pone nervioso», explicó sin que nadie se lo pidiera. Mirta vio en el brillo de sus ojos un atisbo de la esperanza que él estaba depositando en ella. Otra vez la esperanza, maldita palabra.

Compartieron penas y, tras exponer sus problemas económicos, ese día llegaron a un acuerdo: vivirían juntos por un tiempo. No serían pareja. No habría «derechos». Costearían la vida juntos, pero cada uno a lo suyo. Ninguno se metería en los asuntos del otro. Mirta le dejó bien claro que jamás permitiría drogadictos ni chulos en su casa. Ya habían pasado diez años de eso y el trato aún permanecía intacto, a pesar de lo duro que fue el primer año para Carlos, recaída incluida. De vez en cuando Mirta permitía que Carlos se aliviara con ella. «Dúchate y fóllame», decía a veces al llegar a casa, «que hoy no he tenido clientes y a mi edad no es bueno que se me cierre el agujero». Carlos nunca decía que no y, a pesar de sus formas amatorias poco refinadas, la hacía sentir que no estaba sola, que si no fuera por ella ese hombre que la empotraba contra el cabecero de la cama sería un despojo o tal vez estaría ya muerto.

—¿Ya estás en casa? —preguntó Carlos.

—Sí —respondió Mirta mientras se miraba en el espejo para confirmar una vez más que las raíces de sus canas ya no eran negras sino blancas—. Estaba hasta el coño de que nadie me hiciera ni puto caso. ¿Y tú? ¿De dónde vienes?

—Estuve ayudando en una mudanza. Toda la tarde cargando cajas hasta un quinto sin ascensor para veinte euros de mierda.

—¿Veinte euros? Como para quejarte estamos. Mañana vamos al Día y hacemos compra.

Carlos se quitó los zapatos y se tiró en el sofá.

—Estuve hablando con Chema —comentó Carlos mientras buscaba el mando a distancia del televisor.

Un escalofrío recorrió la espalda de Mirta. Chema siempre estaba metido en todo tipo de asuntos turbios, algunos de los cuales podrían poner en peligro el pacto de convivencia entre ella y Carlos. El chico no tenía ningún reparo en trapichear con drogas si con ello podía llevar algo de dinero a casa. Y a pesar de ello Chema le parecía un buen chico, un buscavidas sin apenas opciones, que solo podía jugar con las malas cartas que tenía. Por quien sentía compasión era por María, tan delicada en un mundo que no era el suyo, en el que se había metido por amor. Y ahora estaba embarazada de una criatura para la que el destino tendría preparada cualquier cosa, pero con bastante probabilidad ninguna buena. En alguna ocasión Mirta se vio reflejada en la vida que la joven María alumbraría, y le aterraba que también tuviera que ver cómo unos señores con uniforme se llevaban a su padre.

—¿Y? —dijo Mirta ocultando sus temores.

—Nada, me contó una movida de no sé qué pija que va al Centro Social y que tenemos que ir porque quiere conocernos para una mierda de libro que está escribiendo.

—¿Vamos a conocer una escritora? A lo mejor he leído algo de ella.

—Escritora no: pija. Que se le ha metido en el coño escribir una novela o algo así.

—¿Y de qué conoce a Chema?

—De la piscina. Vive en la urbanización en la que trabaja Chema de socorrista.

—Ah, no sabía nada —confesó Mirta con alivio. Tal vez hubiera una oportunidad para Chema y su familia más allá de la marginalidad.

—Vamos, ¿no?

—¿Pero cuándo es?

—Esta noche…

—No sé si tengo el coño para barbacoas.

—Pero le he dicho que íbamos a ir.

—¿Y por qué dices eso sin preguntarme?

—Mujer, que yo te invito… ¡tengo veinte euros!

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