Capítulo V

De cómo Estefanía entra por la puerta grande en el mundo de los marginales.


En un primer momento Estefanía se planteó llegar hasta Tirso de Molina en Metro, pero luego se echó atrás. En La Moraleja la combinación de transporte público era bastante limitada, y en la práctica solo lo utilizaban las asistentas que ni siquiera estaban contratadas como internas, lo que para ella venía a ser lo más bajo de la pirámide social. Pensó que podría pedírselo a Borja, pero no le había comentado aún nada de cómo la novela de Lucía Etxebarría iba a cambiar su propio mundo. Borja no lo entendería, porque no tenía su sensibilidad ni mucho menos había sentido la llamada a través de la literatura que ella estaba experimentando. Así que llamó a un taxi.

Decidió ir «camuflada». No era cuestión de presentarse con un bolso de Dior o un traje de Chanel, así que se vistió como cuando bajaba a la piscina, con un sencillo traje florido y vaporoso. Como accesorio, un bolso enorme de Desigual. Las joyas las dejó en el cajón; tan solo se permitió un anillo y porque no fue capaz de sacárselo. La pamela también quedó tirada sobre la cama, por poco apropiada: no iba a una de esas divertidas fiestas en Ibiza. Se miró en el espejo y una sonrisa de complacencia se perfiló en su maquillado rostro: efectivamente, se veía pobre y sencilla. Le parecía inadecuado presentarse ante los marginales que le había descrito Chema haciendo ostentación de su acomodada vida, aunque lo que le preocupaba no era herir sus sentimientos, sino que se pusieran a la defensiva a la hora de narrarle sus dramas personales con los que impregnarse de inspiración para esa novela que quería escribir y de cuya trama aún no había decidido absolutamente nada.

Al subirse al taxi, una extraña sensación le encogió el vientre. Estaba haciendo algo nuevo, loco, que nadie más en la urbanización entendería. Abandonaba la comodidad y seguridad de La Moraleja, aunque fuera por unas horas, para implicarse en un mundo completamente distinto que hasta entonces solo había visto en algunas películas. Y lo hacía a espaldas de sus protectores padres, que ni siquiera se enterarían porque estaban de vacaciones en Suiza. Se sentía valiente, atrevida... adulta e independiente, la heroína exploradora de la urbanización.

Ya podía ver las luces de Madrid reflejadas en el cristal del taxi. Hay algo de mágico cuando llegas a Madrid. Cuando llegas desde el norte, como ella, porque cuando llegas desde el sur es más bien decadente con sus fábricas, polígonos y poblados. Las iluminadas y majestuosas torres de Plaza Castilla parecían bailar con las pegatinas de las tarifas del taxi que siguió por la Castellana, atravesó Cibeles y continuó por Recoletos hasta llegar a la estación de Atocha, con su look retro. Esa parte del trayecto la fascinó, ya que la permitió disfrutar de la vista nocturna de varias embajadas, especialmente la de Estados Unidos, el Museo del Prado, el Hotel Ritz, El Corte Inglés... incluso tuvo un destello en su mente para una reflexión sobre lo cerca que están las fuentes de Cibeles y Neptuno, y cómo en una celebraban los ricos y en otra lo pobres.

Entonces el taxi giró para enfilar la calle Atocha, que rápidamente perdió el encanto. Se emocionó al pasar junto al sex shop porque sabía que en el ático de ese edificio vivía Lucía Etxebarría, la escritora que estaba cambiando su vida. Conocía ese dato porque lo había visto en Sálvame. No reparó en que prácticamente enfrente había una placa que indicaba que allí estuvo la imprenta en la que se imprimió la primera edición de El Quijote. Cuando ya vislumbraba los arcos de entrada a la Plaza Mayor, el taxi viró a la izquierda y recorrió una pequeña calle que desembocaba en una plaza pobremente iluminada.

—Tirso de Molina. Son treinta con veinte —dijo el taxista tras detenerse cerca de la boca de Metro.

Estefanía pagó la cantidad exacta. Su padre le había enseñado que no estaba bien dar propina, pues cada hombre debía ganar estrictamente lo que merecía. Al bajar del taxi lo primero que le llamó la atención fue un desagradable olor a orines y abandono. Pero lo que le hizo dudar sobre si estaba haciendo lo correcto fue caer en la cuenta de que a pocos metros había un grupo de borrachos, dos de los cuales se estaban dando empujones. Se aferró al bolso como si fuera un flotador en mitad del océano y solo sintió alivio cuando vio a Chema acercarse a ella.

—¡Hola! ¿Cómo estás? —saludó Chema antes de darle dos besos en la mejilla en los que Estefanía se sintió reconfortada por la colonia del chico, que a pesar de ser una evidente imitación de tienda de chinos disimulaba el olor a orines de la plaza.

—Bien... emocionada. Tengo ganas de conocer a tus amigos.

—Ellos también quieren conocerte, ya te están esperando en el Centro Social.

—¿Está lejos? —preguntó ella sin dejar de abrazar su bolso.

—No te preocupes —la alivió al darse cuenta de que la chica estaba atemorizada por el entorno—. Está aquí al lado. Y esos... —añadió señalando con un gesto de la cabeza al grupo de borrachos—. Esos no son peligrosos. Hacen ruido pero no se meten con nadie, solo se pegan entre ellos.

—¿Vamos? —apremió ella sin creerse del todo las explicaciones de Chema.

El Centro Social estaba cerca, tal y como había dicho el socorrista. Por el camino ella se agarró al brazo de su acompañante. Él no se opuso, al contrario: irguió la espalda dándole a ella la sensación de seguridad que necesitaba. En el trayecto a pie Estefanía no dejaba de mirar a todas las direcciones. En parte por el miedo a que saliera un asaltador de cualquier esquina, pero también por la extraña sensación que le producía la mezcla de antigüedad y decadencia, los grafitis, los carteles en árabe... tenía la impresión de estar en una especie de tierra de nadie, en un pueblo insertado en el centro de Madrid que había sido asaltado por inmigrantes y otras gentes de mal vivir. Se agarró más fuerte al brazo de Chema. No era un chico especialmente musculado, pero tenía buenos bíceps. Se sonrojó al pensar que iba cogida del brazo de un chico que le parecía tan atractivo por partida doble: por guapo... y por marginal.

Chema se detuvo y Estefanía dejó a un lado sus pensamientos al levantar la mirada y ver la pintada que señalaba que estaban en la puerta del Centro Social. El chico hizo un exagerado gesto con el brazo para indicarla que entrara. Ella dio un tímido paso y abrió la puerta. Hasta ese momento no se había parado a pensar en cómo seria el Centro Social, pero desde luego eso no se parecía a nada que ella hubiera podido imaginar.

Se trataba de una especie de bar de paredes desconchadas y repletas de carteles llamando a la insumisión, el desorden público y todo tipo de consignas. Al fondo, una bandera de Cuba y otra de Venezuela, junto a un dibujo con la silueta del Ché. Ese personaje siempre le había dado morbo, por su barba y mirada distante de quien rompe las reglas, pero nunca lo había expresado en casa por temor a ser desheredada. Había un ruido tremendo, porque todo el mundo hablaba a gritos, pese a que no había tanta gente.

—Allí están —dijo Chema señalando un grupo de mesas que se habían dispuesto juntas.

Todos los miedos de Estefanía se disiparon al mirar allá. Por lo que Chema le había contado, estaba convencida de saber quién era quién: la vieja puta, el ex yonqui, la bollera escultora, el mariquita armarizado... y esa chica embarazada, con cara de no estar cómoda y que no conjuntaba con el resto, sin duda era la pareja de Chema.