Capítulo VI

De lo que en el Centro Social aconteció.


Estefanía estaba encantada contando a su público de marginales cómo había surgido la idea para su poco definido proyecto literario. Aunque el alcohol siempre ayuda a relajar tensiones, la de La Moraleja parecía no haberse dado cuenta de que, si le daban carrete para que contara sus inquietudes, era porque había una falta de sintonía absoluta.

—O sea —explicaba sin dejar de dar sorbos a su mojito—, la protagonista es lesbiana, ¿no? Bueno, no es lesbiana, porque también le van los tíos, pero está loca por una chica y por culpa de ella se mete en cosas así, como de drogas y tal, y me parece total porque en La Moraleja no tenemos de eso. Hay pastis y coca, claro, eso siempre lo hubo, pero yo quiero conocer los porros, por ejemplo, que es como más tipo... proletario —concluyó, orgullosa de haberse dado cuenta a tiempo de decir proletario en lugar de pobre—. ¿Habéis leído la novela? Se titula Beatriz y los cuerpos celestes...

—No —respondieron al unísono menos María, cuyo tímido sí resultó inaudible. Que su cerveza fuera sin alcohol no le ayudaba a ver la gracia de todo esto.

—Pero si lo escribió Lucía Etxebarría... ¡Ganó un premio Nadal! —justificó la escritora en ciernes—. ¿No es bonito que un tenista apoye la literatura dando su nombre a un premio?

Carlota estuvo a punto de replicar, pero se abstuvo de hacerlo cuando Félix se percató de sus intenciones y le dio un pequeño toque con el pie por debajo de la mesa.

—¿Pero tú eres lesbiana? —preguntó Félix con un tono jocoso que captaron todos menos Estefanía.

—No, no... —aclaró ella—. Bueno, o sea, lo he pensado pero...

—Carlota es lesbiana, te podría enseñar muchas cosas —interrumpió Chema.

—¿En serio? —quiso saber Estefanía con sincero entusiasmo.

—Sí, bueno —respondió Carlota algo incómoda mientras se recolocaba en su asiento. No le molestaba que otros la visibilizaran como lesbiana, sino el sentirse como una atracción de feria en semejante conversación—. También soy escultora.

—¡Es maravilloso! ¡Me encanta!

—¿Lo de lesbiana o lo de escultora? —preguntó Carlos, que junto a Mirta presenciaba la conversación como si fuera un partido de tenis, aunque ambos estaban más interesados por los botellines de cerveza que bebían.

—Todo. O sea, es lo más, ¿no? —continuó Estefanía con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Estás trabajando ahora en algo?

—Estoy preparando una colección —respondió Carlota sin darse cuenta de que Estefanía se refería a un trabajo «de verdad»—. Se titula Vaginas insumisas en tiempos machistas.

—¿Y está basada en hechos reales? —siguió interrogando la invitada.

—Son esculturas... —Carlota estaba cada vez más molesta. No le gustaba ser el centro de atención, y menos con semejante nivel cultural.

—Ya, pero como eres lesbiana... ¿Son vaginas que has visto o te las inventas? —matizó Estefanía, ajena al poco interés de su interlocutora.

—Supongo que la mayor parte de mi colección está «basada en vaginas reales» —quiso zanjar Carlota, para no entrar en diatribas sobre la concepción de su arte y el equilibrio entre experiencias y expresión. Además, tenía claro que entrar en temas como heteropatriarcado, machismo y liberación feminista no iba a conducir a ningún sitio con semejante interlocutora.

—¿Alguna vez te han hecho una escultura? —preguntó Chema a Estefanía, mientras volvía dejar sobre la mesa el botellín de cerveza del que estaba bebiendo.

—Creo que no... —Estefanía puso su cara de pensar, y lo único que pensó es que si tuviera gafas se podría haber empujado el puente con el dedo índice para parecer más intelectual—. Bueno, una vez me hicieron una fotografía en 3D. O sea, te meten en un sitio, te hacen una foto, y luego te dan una escultura así como pequeñita y pintada rara...

—Creo que Chema se refiere a una escultura como las que hace Carlota —aclaró Félix entre las risas de los demás contertulios.

—¿De la vagina? No, por favor —respondió tajante Estefanía, simulando un cierto escándalo pero con el mismo tono de ambigüedad que empleaba con Borja cuando este le proponía hacérselo por detrás y ella respondía «¿Por detrás? No, por favor».

—Nunca es tarde para una primera vez —dejó caer Carlos provocando una reacción de sorpresa en Mirta.

—¿Quién sabe? Hace una semana no me hubiera imaginado estar aquí. ¡Carpe diem!

El grupo entero estalló en risas ante la inesperada respuesta de Estefanía. Lejos de intuir que se estaban burlando de ella, la chica de La Moraleja estaba encantada de sentirse integrada en un grupo de gente tan distinta a ella. Y ellos, los marginales, empezaban a pillarle el punto a esa chica pija que tanto se esforzaba por saber de ellos fuera de su hábitat natural. Afortunadamente, nunca supieron que Estefanía pensaba que carpe diem era una expresión circense al estilo de alehop.

Un par de rondas después la conversación estaba más viva que nunca. Aún así, Estefanía no había tenido ocasión de revisar personalmente la biografía de todos sus anfitriones.

—Por cierto —dijo Estefanía dirigiéndose a Mirta—. Tú eres... ¿meretriz?

—No, bonita —respondió la aludida con su voz áspera—. Yo lo que soy es puta.

—Sí, eso... —Estefanía estaba un poco descolocada por la frialdad del reconocimiento del oficio y porque, ahora que escuchaba la voz de Mirta, le parecía muy similar a la de Mila Ximénez—. Debe ser fascinante.

—Por supuesto —afirmó Mirta mientras encendía un cigarrillo—. Mucho mejor que vivir en La Moraleja, dónde va a parar.

La joven estaba un poco aturdida. En su imaginación, efectivamente, intuía que las prostitutas fumaban... pero no en un bar.

—¿No está prohibido? Fumar, digo.

—Me suda el coño que esté prohibido —sentenció Mirta—. ¡Que me detengan! Igual me esposa un cliente.

—Cariño —intentó explicar Félix—, todo esto es ilegal. Estamos en una casa ocupada. Si nos pillan aquí lo menos importante es que la puta esta esté fumando. —Y dirigiéndose a Mirta—: sin ofender.

Mirta hizo un gesto con la mano evidenciando lo poco que le importaba.

—Oh. Oh —susurró Estefanía. El primer «oh» era de sorpresa; el segundo, de excitante satisfacción. Efectivamente la noche estaba dando de sí y estaba llegando mucho más lejos de lo que esperaba, aunque le frustraba un poco que fuera un cigarrillo normal, y no un porro que se compartiera con todo el grupo como en las películas de yonquis que había visto en televisión.

—Por cierto, Estefanía —interrumpió María—. ¿Cómo os conocisteis Chema y tú?

—Chema trabaja en la piscina de mi urbanización... —respondió.

—Ya, ya... eso ya lo sabemos. Me refiero a cómo empezasteis a hablar y tener la confianza para que hoy estés aquí.

Un escalofrío recorrió su espalda. Por primera vez en toda la noche sintió que la experiencia se estaba torciendo. Había percibido claramente el tono inquisidor de María, y tampoco le había pasado desapercibida la distancia que ella había mantenido durante la velada.

—Pues... estaba en la piscina con mis amigas y.... y... ¡casi me ahogo! O sea, no fue nada, ¿sabes? Pero me quedé así un momento como tonta que no hacía pie y Chema me rescató y tal —mintió Estefanía precipitadamente. No le había parecido conveniente contar que había hecho una apuesta con sus amigas al respecto de ligarse al nuevo socorrista, ni mucho menos contar aquél fugaz encuentro en el cuarto de la depuradora—. Y ya hablamos, le conté lo de mi novela...

—No me habías contado que le habías salvado la vida —interrumpió María dirigiéndose a Chema.

—No, mujer... si no fue nada —respondió Chema de manera poco convincente.

—Además, me habló mucho de ti —intentó suavizar Estefanía—. Bueno, de todos, claro. Pero de ti mucho. Estás embarazada, ¿no?

—Salgo de cuentas en tres meses —dijo María sin perder la frialdad.

—¡Ay, he tenido una epifanía! —gritó la joven de repente, sorprendiendo a todos, especialmente a Carlos que pensó que era algo relacionado con la epilepsia—. Ya sé cómo empezará mi novela. ¡Empezará con esta noche! Sí, empezará contando cómo os conocí a todos y lo bien que me habéis acogido... y terminará con el nacimiento de tu... ¿niño o niña?

—Niño —respondió la gestante.

—Pues eso, mi novela terminará con el nacimiento de tu niño, así en plan reflexión sobre el círculo de la vida. ¡Como en El Rey León! ¿La habéis visto? Disney es mi autor favorito de todos los tiempos. Bueno, los herederos, que el original está congelado...

—¡Por la epifanía de Estefanía! —exclamó Félix poniéndose en pie y alzando su botellín

—¡Por la epifanía de Estefanía! —brindaron todos.

Y la noche continuó un par de rondas más entre los mojitos de Estefanía y las cervezas de los demás. Después de despedirse, cuando el taxi de la pija se había ido y cada uno se dirigía a su propia casa, Mirta y María eran las únicas que tenían la mosca detrás de la oreja: Mirta, porque desde el principio había sospechado de las verdaderas intenciones de Chema al invitarles a todos como si fueran un espectáculo circense; María, porque no dejaba de darle vueltas a qué le había susurrado Estefanía a Chema al oído al darse los dos besos de despedida.